Diseño sensorial: la importancia del tacto y la madera

O deseño sensorial explota todas as singularidades da madeira
El diseño sensorial también nace del tacto. La textura, temperatura y materialidad de la madera transforman nuestra relación con los objetos

Cuando hablamos de diseño sensorial, solemos pensar en espacios, aromas, sonidos o experiencias capaces de estimular nuestros sentidos. Sin embargo, existe una dimensión mucho más cotidiana y silenciosa: el tacto.

Tocamos constantemente los objetos que nos rodean y, aunque pocas veces somos conscientes de ello, su temperatura, textura, peso o suavidad condicionan nuestra relación con ellos. En materiales naturales como la madera, esa experiencia táctil adquiere un protagonismo especial.

Un objeto no empieza a existir para nosotros cuando lo vemos. Muchas veces lo comprendemos realmente cuando lo cogemos entre las manos.

El diseño también se toca

Durante mucho tiempo, buena parte de la comunicación alrededor del diseño se ha construido desde lo visual. Hablamos de proporciones, formas, colores, líneas o composición. La fotografía y las pantallas han reforzado todavía más esa manera de relacionarnos con los objetos.

Pero un objeto destinado al uso cotidiano tiene una dimensión física inevitable.

Una cuchara debe sentirse cómoda entre los dedos. Un molinillo tiene que ofrecer un agarre agradable. Un cuenco debe transmitir equilibrio cuando lo sostenemos. Incluso una pieza aparentemente sencilla puede producir sensaciones muy diferentes dependiendo del material, del acabado o de la forma en que sus superficies entran en contacto con nuestra piel.

El diseño sensorial comienza precisamente ahí: entendiendo que diseñar no consiste únicamente en decidir cómo será visto un objeto, sino también cómo será experimentado.

La particular relación entre la madera y el tacto

Hay materiales que reconocemos prácticamente antes de mirarlos. La madera es uno de ellos.

Su baja conductividad térmica hace que al contacto resulte generalmente más cálida que materiales como el metal. Pero la experiencia va mucho más allá de la temperatura.

Está la veta. La densidad. Las pequeñas diferencias de textura. El peso. La respuesta de la superficie cuando deslizamos los dedos sobre ella.

Incluso dos piezas realizadas con la misma especie de madera pueden producir sensaciones ligeramente distintas.

Esta variabilidad constituye una de las grandes riquezas del material. Frente a la absoluta homogeneidad que persiguen muchos procesos industriales, la madera conserva pequeñas singularidades que nos recuerdan constantemente su origen natural.

Cuando la mano también participa en el diseño

En la artesanía existe una circunstancia especialmente interesante: las manos aparecen en los dos extremos de la vida de un objeto. Primero están las manos de quien lo fabrica.

Son ellas las que reconocen irregularidades, comprueban superficies y detectan matices que difícilmente podrían apreciarse únicamente con la vista. Durante el proceso de elaboración, tocar también es una manera de evaluar.

Después aparecen las manos de quien utilizará la pieza. Entre unas y otras se establece una especie de diálogo invisible.

Por eso, en Atalanta entendemos que una pieza no termina realmente en nuestro taller de artesanía. Es el uso cotidiano el que completa su sentido.

Diseño sensorial frente a objetos pensados para la pantalla

Existe además una paradoja contemporánea. Nunca habíamos visto tantos objetos y, probablemente, nunca habíamos tocado tan pocos antes de decidir que nos gustan.

Instagram, Pinterest, las tiendas online y las revistas digitales han convertido el diseño en una experiencia eminentemente visual. Podemos descubrir centenares de piezas en pocos minutos sin haber sostenido ninguna entre nuestras manos.

Esto obliga a recordar algo esencial: un buen objeto debe sobrevivir a la fotografía.

Puede resultar extraordinariamente atractivo en una pantalla, pero después debe funcionar cuando entra en contacto con el cuerpo.

Ahí aparecen cuestiones que ninguna imagen puede explicar completamente: cómo pesa, cómo se agarra, cómo responde su superficie o qué sensación produce utilizarlo repetidamente.

El diseño sensorial devuelve precisamente importancia a esas cualidades.

La belleza de una superficie que no es completamente uniforme

La perfección industrial ha acostumbrado nuestra mirada a superficies idénticas, colores constantes y acabados prácticamente invariables.

La madera propone algo diferente. Una veta puede atravesar una pieza de manera inesperada. El tono puede cambiar ligeramente. Una pequeña singularidad del árbol puede permanecer visible después de todo el proceso de elaboración.

No son necesariamente imperfecciones. Son información.

Nos hablan del material del que procede el objeto y hacen visible algo que para Atalanta resulta fundamental: la materia no debería ser únicamente un soporte sobre el que imponer una forma.

También puede participar en el diseño.

Objetos que cambian con nuestras manos

Existe otra característica fascinante en esta relación táctil. Cada vez que utilizamos un objeto de madera estamos, de alguna manera, participando en su evolución.

Las manos, el uso y el paso del tiempo pueden ir modificando sutilmente su superficie. Aparecen matices, pequeñas marcas y una pátina que hace que una pieza utilizada durante años no sea exactamente igual que cuando salió del taller.

El diseño sensorial adquiere así una dimensión temporal.

No se trata únicamente de cómo sentimos el objeto el primer día, sino de cómo cambia nuestra relación con él después de cientos o miles de usos.

Los buenos objetos no deberían agotarse después de la primera impresión. Deberían permitirnos descubrirlos lentamente.

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Diseñar desde la inteligencia de la materia

En Atalanta trabajamos desde una tradición de tornería de madera transmitida durante generaciones, pero entendemos ese conocimiento como un punto de partida y no como un límite.

Conocer la madera significa comprender cómo se comporta, qué posibilidades ofrece y también qué pide cada pieza.

Por eso nos interesa especialmente una idea del diseño en la que forma, función y materia no puedan separarse completamente.

El material no llega al final para vestir un objeto previamente imaginado. Está presente desde el principio y condiciona decisiones sobre proporciones, espesores, acabados, resistencia o tacto.

Ahí reside buena parte de la inteligencia de la materia.

Recuperar el placer de tocar los objetos

Quizá el verdadero lujo contemporáneo no consista en rodearnos de más cosas, sino en relacionarnos mejor con unas pocas.

Objetos que apetezca utilizar. Que resulten agradables en las manos. Que envejezcan junto a nosotros y cuya materialidad podamos reconocer incluso con los ojos cerrados.

El diseño sensorial nos recuerda que habitamos un mundo físico.

Y que, frente a la velocidad de las imágenes y la uniformidad de muchas superficies industriales, todavía existen materiales capaces de establecer una relación mucho más profunda con nosotros.

La madera es uno de ellos. Porque hay objetos que llaman nuestra atención desde lejos. Y otros cuya verdadera belleza solo comienza cuando los tocamos.

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